MUJERES QUE TRASCIENDEN

MUJERES QUE TRASCIENDEN

« Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. »  2 Timoteo 1:5

 Hay muchas mujeres que han impactado mi vida a través de los años y que me han servido de modelo a seguir, de fuente de inspiración, de fuerza y de consolación en momentos difíciles.  Pero en esta ocasión quisiera hacer memoria de aquellas que marcaron mi vida desde mi infancia y que a través de su ejemplo me tomaron de la mano y me trajeron a los pies de Cristo.  Me refiero aquí a mi madre  Laverne, y a mis abuelas: Fayetta y Carmen.

Nuestra vida está impregnada de sonidos, imágenes, colores, sabores, recuerdos que empezamos a coleccionar aún antes de salir del vientre de nuestra madre.  El conjunto de todos estos estímulos nos ayuda a construir y a entender el mundo que nos rodea y a desarrollar una conciencia de quiénes somos y de nuestro lugar en el mundo.

Los primeros recuerdos de mi infancia los forjó mi madre.  Ella llenó mi mente de música, fue mi primera maestra de piano y la que despertó en mí esa fibra musical.  Aunque nunca perfeccioné el piano, aprendí a cantar y a utilizar el canto como un lenguaje de comunicación con Dios.  ¡Cuántas veces la vi en la iglesia sentada a su piano adorando a Dios! Ella fue mi ejemplo para aprender a acercarme al altar de Dios en adoración. También, fue una excelente cocinera y maestra de niños.  Las primeras lecciones de escuela dominical fueron dictadas por mi madre.  Ella me hizo descubrir un libro fantástico de héroes, reinas y reyes, profetas, apóstoles y discípulos que hicieron frente a todo tipo de dificultades pero lograron grandes victorias cuando confiaron y obedecieron a Dios.  Fue mi madre la que inspiró en mí ese orgullo de poder ser parte de este pueblo maravilloso que es el pueblo de Dios.

Cuando era niña, en la iglesia teníamos un “club juvenil” donde nos reuníamos unos veinte niños, entre cinco y doce años para hacer estudios bíblicos a través de lecciones, juegos y actividades.  Hacíamos concursos bíblicos y el grupo que ganaba tenía el derecho de comer esa torta famosa hecha por mi madre.  Era la misma torta de todos mis cumpleaños y el de mis hermanas.  La que aparece en todas nuestras fotos de cumpleaños de infancia.  La torta de mi madre.  Detalles pequeños y grandes que me hicieron sentir viva y amada y me permitieron echar raíces para convertirme con los años en la mujer que soy hoy.

Mi madre fue una mujer abnegada al trabajo del Señor, a la iglesia, a sus hijas y a su esposo.  Apoyando siempre el ministerio de mi padre.  Recuerdo fines de semana en los que trabajaban hasta tarde de la noche imprimiendo material de escuela dominical para la iglesia en una gran máquina de “esténcil” que era manual.  Lo que sería hoy en día el equivalente a una impresora.  Eran entonces horas de trabajo, pero lo hacían felices y satisfechos al ver a los hermanos partir a sus casas con el material impreso.

El primer funeral al que recuerdo haber asistido fue también el de mi madre.  La vi luchar y creer en Dios durante cinco años combatiendo un cáncer de mama.  La vi alabar a Dios durante su enfermedad a pesar del sufrimiento.  La escuché mandar a llamar a uno de los jóvenes de la iglesia, hijo de un pastor amigo, cuando entendió que su partida estaba cerca y decirle que el día de su sepelio quería que cantase ese himno: “Agradecimiento”.  ¡Esa mujer fue mi madre!

De mi abuela materna diré que fue una mujer excepcional y vanguardista para su época.  Nació en el estado de Pensilvania en los Estados Unidos de América en una familia conservadora de creencia Bautista.  Decidió por los años treinta ir al instituto bíblico en Chicago, el “Moody Bible Institute”.  Vivió en esta ciudad que había sigo plagada por el notorio mafioso italiano Al Capone y devastada por la gran depresión.   Eran tiempos difíciles.  Mi abuela daba clases de escuela dominical para niños en barrios desfavorecidos de la ciudad y trabajaba en una cafetería haciendo sándwiches y ensaladas para costear sus estudios bíblicos.  Era una mujer pequeña y menuda de aproximadamente 1.50 metros de estatura y de salud frágil.  Cuando le anunció a su familia que tenía un llamado de Dios para ir a Colombia los suyos se despidieron de ella diciéndole que seguramente moriría en ese país.  Sin importarle nada, ella tomó el barco que la llevaría a las más excitante y gloriosa aventura de su vida: treinta años de trabajo misionero y miles de almas salvas en el reino de los cielos.

Al terminar su trabajo misionero regreso al Canadá, país de ciudadanía de su esposo, el Hno. Larsen.  En este país extranjero para ella, cuido de él ya que al poco tiempo falleció de cáncer.  Enterró a su esposo en la ciudad de Montreal, Canadá e hizo la promesa de no abandonar la provincia de Quebec, única provincia canadiense de habla francesa, porque quiso ser fiel a la visión de su esposo antes de morir: “Señor levanta un pueblo para tu nombre en la provincia de Quebec”.

Durante los años noventa mientras vivía en la ciudad de Montreal tuve la oportunidad de visitarla semanalmente con una de mis hermanas.  A cada visita sabíamos que en algún momento de la conversación ella diría: “Era el año 1937, en el Salado, Colombia…” y empezaba el recuento de los treinta años de misión vividos en ese país. Mi abuela materna fue una mujer que respiró y vivió por las misiones.   Fue una mujer determinada y llena de valor.  Todas estas cualidades enfrascadas en un pequeño empaque humano.

El hermano Luis Carlos Fontalvo, misionero colombiano en la provincia de Quebec, escribió estas palabras el día de su funeral: “Hoy, treinta años después de la partida del hermano Larsen, traemos este cuerpo para entregarlo al suelo, para que se convierta en una semilla en esta Provincia (de Quebec).  Y oramos e intercedemos delante del trono de Dios que Él nos dé una gran cosecha de almas redimidas por el gran sacrificio del Calvario antes del gran día de su venida.”

El nombre de mi abuela paterna fue Carmen. Era una mujer sencilla y reservada.  En alguna ocasión me comentó que sufrió una pena de amor antes de conocer al que sería el padre de sus tres hijos.  Quedó viuda muy joven con tres niños pequeños que tuvo que sacar adelante con mucho trabajo y esfuerzo.  Ella tenía una tienda de abastos en el garaje de la casa de uno de sus hermanos  que con el tiempo floreció y le proporcionó su mantenimiento.  Cuando se encontró con Cristo se rindió completamente a Él.  No tenía mucho que dar, sólo esos tres hijos a los que entregó para el servicio a Dios.  Los tres han sido misioneros y pioneros de la obra del Señor en diferentes países.

De ella recuerdo como una fotografía, una mujer pequeña arrodillada a los pies de su cama temprano en las mañanas y tarde en la noche murmurando algo en sus labios en intimidad con Dios.  El Señor también le hablaba por sueños. En cierta ocasión había una mala noticia en la familia que no le habíamos querido anunciar porque estaba delicada de salud, pero ella nos sorprendió dándonos la noticia porque Dios ya se lo había revelado en sueño. ¡Fue una mujer de oración que supo vivir en intimidad con Dios!

Era una buena consejera y una mujer prudente.  Las hermanas de la iglesia en Montreal venían a su casa contando sus confidencias familiares porque sabían que ella sería una buena aliada en oración y guardaría el secreto.  Pasé muchas tardes de mi juventud escuchando sus historias mientras compartíamos un café.  Ella me supo animar con sus palabras, incentivándome a confiar en Dios.  En un momento de necesidad económica  me contó cómo cuando trabajaba en la tienda, un día que había sacado la ganancia del mes, estaba contando los billetes en la calle y sopló de repente un viento fuerte, que es tan típico en el mes de diciembre en la ciudad de Barranquilla, y todos los billetes salieron volando.  No pudo recuperar ni uno.  Pero Dios siempre fue fiel y nunca le hizo falta su sustento.  Falleció en uno de sus viajes a la ciudad de Barranquilla, y fue enterrada en la ciudad donde nació, tal como lo había deseado en su corazón.

Personalmente, contaré que sentí el llamado de Dios para trabajar con el pueblo de habla francesa a los diecisiete años durante una convención misionera en una pequeña ciudad del sur de Francia.  Sin embargo, fue solamente cuando me instalé en la ciudad de Montreal años después, que este llamado empezó a tomar forma.  Me he identificado con ese clamor que surgió desde los años setenta en esta provincia de Quebec: “Señor levanta un pueblo para tu nombre en esta provincia”.  A partir del año 2000 el gobierno canadiense abrió un programa especial para reinstalar refugiados colombianos que se encontraban desplazados al interior y exterior de Colombia a causa de la violencia.  La mayoría fueron reinstalados en esta hermosa provincia que ha estado en el corazón de Dios por tantos años.  A través de muchos hermanos que han llegado a este país comienza a surgir en este tiempo un renuevo en suelo quebequense y la iglesia está floreciendo no sólo en esta provincia sino a través del Canadá.

Dios me ha dado el privilegio de ser parte de su plan perfecto de salvación.  El testimonio de estas mujeres que marcaron mi infancia, mi adolescencia y mi juventud me acompaña hasta el día de hoy y me impulsa a seguir adelante sabiendo que Dios cumplirá su propósito en mí.  El Señor me ha bendecido con un esposo que comparte esta misma visión, y dos hijos: Josué, que tiene doce años y también una pequeña niña de siete años, Isabella.  Ahora el desafío es que ella también, al igual que yo, escuche cuán grandes cosas ha hecho el Señor con nosotros…“Que lo sepa la generación venidera”

YLENIA TORRES LARSEN